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23 mayo, 2014

Un sueño argentino

Un sueño argentino
por Enrico Pomodoro (*)

            
No sé si debido a las nuevas pastillas que tomo, o a las largas horas de caminata por las rebajas de la Av. Santa Fe, el sueño se ha apoderado de mí las últimas noches con inusitada intensidad. Y como nada ni nadie más se apodera de este cuerpecito (coyunturalmente) me entregué a él.
Duermo mucho y recuerdo los sueños.
Uno en especial era una visión del cielo.
En un bar llamado precisamente Cielo, Roberto y Carlos Jauregui, entre copa y copa, platicaban de cosas celestiales: que tal nube, que tal ángel, que tal arpa… cuando por medio de Internet (que también llega por ahí) apareció la noticia de la muerte del cardenal Quarraccino. Estas, las Jaureguis, pedorras de humus, se alborotaron y empezaron a discutir cómo organizar una marcha de repudio a la pronta llegada del prelado. Habían armado tanto alboroto, que sus guardaespaldas, Carlos Monzón, Víctor Galíndez y Ringo Bonavena, vinieron a ver qué pasaba, preparados para defenderlos de cualquier cosa.
Y empezó a conformarse la “Coordinadora Celestial No queremos Que Vengas”.
Las Jaureguis -dirigentas naturales del movimiento- se pusieron a la cabeza.
A un costado, Perlongher, Bukowski y Alejandra Pizarnik comenzaban a darle forma a los cantos de protesta. Más allá, y un tanto sonrojados, María Soledad Morales y Miguel Bru, suavizaban un poco las estrofas.
Miguel Abuelo y Federico Moura no se ponían de acuerdo con los compases de la batucada, mientras Freddie Mercury trataba, infructuosamente, de terciar entre ellos. Miles de chicos y chicas, hombres y mujeres, le encontraron el ritmo, golpeando los envases vacíos de AZT que nunca el Ministerio de Salud les proveyó en vida. En un sector, más calmo, Azucena Villaflor de DeVicenzi, René Epelbaum y Dagmar Hagelin tomaban café sentadas en un hermoso sillón rojo bajo los flashes siempre atentos de José Luis Cabezas. Y más acá, Augusto Conte, Pasolini, Mitterand y Lady Di armaban el discurso. A los saltos llegaban Nureyev, Jorge Donn, Robertino Loras, Alejandro Lamas, exigidos por la coreografía que les habían montado Norma Fontenla y José Neglia.
Los oradores serían una de las Jaureguis (que se pelearían entre ellas durante horas para saber cuál), Alberto Olmedo (que venía del otro bar que se llama Heaven, con Marrone y Tato Bores) y Rock Hudson (para darle un poco de trascendencia internacional y porque era el que mejor manejaba el ingles).

Todo preparado, las gargantas calientes, las manos sudorozas, las nubes cambiaban de color… y el Cardenal no aparecía. Y claro, semejante velorio llevaría días en la Tierra.
Entonces, una inmensa burbuja viene directo hacia el cielo. ¡La masa celestial acecha! Y cuando ya Carlos Jauregui iba a abrir su boca para espetarle 15 o 16 cosas a Monseñor, se ve aparecer la cabecita de una paloma que comenta que el Cardenal murió realmente, pero que no lo esperaran por allí porque en el camino fue desviado… ¡y no precisamente para volver a la Tierra!

Al final, tenían razón: Dios es argentino.

(*) Alter Ego con el que firmé notas en la revista NX entre los años 1996 y 1998.

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