Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

02 julio, 2013

haciendo prehistoria


Por Gustavo Pecoraro para el suplemento SOY de Página 12

En una fría tarde madrileña con un café de por medio, Oscar –uno de los fundadores del Grupo de Acción Gay (GAG)– me confiesa que “si existiese el GAG o si existiese el FLH (Frente de Liberación Homosexual) yo creo –no sé si estaré muy equivocado– que apoyaría el matrimonio igualitario. Lo apoyaría como un apoyo más. Pero no sería de ninguna manera algo sólo para hacer un movimiento de dedo”.

Entre principios y la mitad de la década del ’80 el GAG formó parte de la Coordinadora de Grupos Gays que reunía a otros muchos de los grupos y de los activistas que en febrero de 1984 fueron los fundadores de la CHA (Comunidad Homosexual Argentina) y que pusieron en su presidencia a Carlos Jáuregui y en su vicepresidencia a Alejandro Salazar.

Justamente con la CHA, el 28 de junio de 1984, en Parque Lezama, coorganizaron lo que sería el primer reclamo público de los homosexuales desde el retorno de la democracia, en 1983, en un tiempo en que los derechos LGBT eran inexistentes y los edictos policiales bien vigentes.

La CHA llevó un cartel que pedía “por el libre ejercicio de la sexualidad” y, más sodomitas, los del GAG pintaron otro con la leyenda “el sexo al gobierno, el placer al poder” que bien los sitúa como herederos ideológicos del FLH. Perlongher ya había sustentado esto paseando por las fiestas y las reuniones del Grupo con textos de Guattari y Deleuze, debatiendo con los que pensaban a Foucault como su reina madre, o con los pocos que preferían a Marx, e incluso –nos permitía un minuto de atención– a las nuevitas y atrevidas que optábamos por Trotsky.

Atrás quedaba el reciente 10 de diciembre de 1983 del triunfo de Alfonsín y la esperanza de la libertad a un paso, que generó tanta ilusión que esa medianoche cuasi invernal en un bar de Riobamba y M. T. de Alvear decenas de homosexuales cortaron la calle para bailar y festejar, y cuenta el mismo Oscar que “algunos hasta cantaron La Internacional con el puño izquierdo en alto”.

Las continuas razzias de la Policía Federal pararían la música y el baile, pero estimularían la organización.

Primero había sido la Coordinadora, y ahora sería la CHA (de la que el GAG no quiso formar parte). Pero el mantenimiento de los edictos policiales, de la Ley de Averiguación de Antecedentes o del 2º H por parte del gobierno de Raúl Alfonsín cuyo ministro del Interior –Antonio Tróccoli– consideraba a la homosexualidad “una enfermedad” pronosticando que “la trataremos como tal”, bien permitía acciones en conjunto.

Así la CHA y el GAG confluyeron en el Parque Lezama –separados por sus carteles y varias cosas más–, pero bien cercanos bajo la misma amenaza de las detenciones y la falta de derechos.

En las escasas fotos que hay de ese día se pueden ver muchos más miembros del GAG tras su cartel que los pocos tras el de la CHA con Carlos Jáuregui con sombrero vaquero; y es que quizás el reclamo en la calle en esos momentos aún no era para todos.

El Grupo de Acción Gay siempre planteó sus diferencias con la CHA, incluso lo hizo desde las páginas de la revista El Porteño otro de sus fundadores, Jorge Gümer Maier. Y aunque no estaban dispuestos a formar parte de la organización con Jáuregui o Salazar, sí estaban decididos a accionar públicamente en conjunto e incluso a articular con la izquierda partidaria (algunos de sus miembros venía de la militancia de Palabra Obrera) por un nuevo paradigma de sociedad.

Muestra de ello es que el 28 de junio de 1986, nuevamente junto a la CHA y sumando al grupo de diversidad sexual del MAS (Alternativa Socialista para la Liberación Sexual), se plantaron alrededor del lago del Parque Centenario a gritar “Basta de Edictos Policiales y Ley de Averiguación de Antecedentes”.

La actividad había generado un fuerte debate sobre si ese 28 sería de “Orgullo” o de “Dignidad” (que ganó momentáneamente), pero el debate se terminó cuando en esa tarde fría desplegamos la bandera, repartimos los volantes, dimos unas vueltas al lago cantando algunas consignas bajo la mirada atónita de varias señoras, y nos fuimos a festejar con la seguridad de los pasos firmes dados y los pasos –muchos– que faltaban.

El hecho es que la articulación quedó ahí: la CHA ocupó el espacio de activismo y el de los medios, el GAG se retiró medianamente a cuarteles de invierno, Perlongher ya era un eco cada vez más lejano con tanto Santo Daime confuso que venía desde Brasil, y el sida se cobraba sus primeras víctimas.

La militancia se abroqueló alrededor de la CHA (con más de diez grupos de activistas) en parte mérito a su constante denuncia al accionar represivo y en parte gracias al enorme carisma de la figura de Carlos Jáuregui, que la presidía. En 1988 el alejamiento de éste la debilitará y la desdibujará.

Pero eso es letra para otra nota.

Después de un duro devenir personal y político, Jáuregui encabeza en 1991 la fundación de Gays por los Derechos Civiles (con antiguos militantes de la CHA, entre otros su actual presidente, César Cigliutti) que Carlos representó hasta su muerte en 1996. Gays DC sería –un año después– uno de los convocantes de la 1ª Marcha del Orgullo Gay-Lésbico del 28 de junio de 1992.

En esos días, la Comunidad Homosexual Argentina, manejada políticamente por Alejandro Salazar y Teresa de Rito, rechazaba participar de las reuniones organizativas de la marcha de las que formaban parte distintas organizaciones alegando “desconocer a algunos de los grupos que convocaban”.

El estreno de una de las manifestaciones sociales más importantes que se realizan en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, fue convocada –finalmente– por Gays DC, Sigla, Cuaderno de Existencia Lesbiana, Iglesia de la Comunidad Metropolitana, Grupo ISIS, Colectivo Eros y Transdevi.

La CHA de Salazar y de De Rito no participó orgánicamente de la marcha.

Desde aquellos duros tiempos de represión a estas multitudinarias Marchas del Orgullo Lgtbiq sigue renaciendo la esperanza en cada una y uno de los jóvenes gays, lesbianas e identidades trans que toman el testigo de la memoria de los primeros orgullos, esos que alguna vez también fueron la esperanza en la década del ’80 tras la noche larga y oscura de la última dictadura militar.

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