Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

18 junio, 2013

Andate nomás, andate







Dice el tango “la vida es una herida absurda” y viene adecuado para describir mi sensación de bronca por un nuevo choque de trenes, por nuevas muertes, por las mismas negligencias.
Otra vez el Estado se pierde en los pasillos burocráticos y siniestros de la desidia, de los funcionarios corruptos, las empresas ineficientes, los sindicalistas cómplices y la gente muerta. Porque una vez más -y van cientos de veces- las muertes siguen siendo de la gente inocente, la que viaja apiñada, a la que nadie importa.
Los debates sobre décadas ganadas o perdidas son tan absurdos en estos momentos que sólo el sonido de otro discurso es ofensivo.
Dijo el Ministro Randazzo: “no se puede cambiar en un año lo que no se hizo en cincuenta”.
¡Como si hiciera un año que gobernaran!.

Tan absurda es la vida que una chica de 16 años es asesinada y tirada a un basural como si fuera un despojo.
Otra mujer más asesinada.
Otra joven que ya no besará, que nunca más se arreglará el pelo o escuchará música y que ni siquiera volverá a llorar.
El inmundo periodismo de siempre hizo malabares por echarle la culpa a uno, a otro, al de más allá, todo por hacer ganancia política por unos mugrosos votos más, o unos pocos diarios vendidos.
Ángeles nunca más va a sonreír. Cuesta creer cuando lo volverá a hacer su familia.

En una semana que no nos dio tregua y que dejó a un costadito los festejos bien merecidos por la Ley de Fertilización Asistida, por la declaración del Día de la Visibilidad Lésbica o el de los Derechos de las personas Trans por la Legislatura Porteña, un puto siniestro -como si fuera poco, de mal gusto y de peor criterio artístico- sale a exigir la pena de muerte para unos delincuentes que le robaron la casa.
Este puto -habitué de los saraos de la tilinguería y el chismorreo barato-, elevándose al reservorio moral de la sociedad, pide un castigo que ni los familiares de las víctimas de las peores tragedias suelen reclamar.
Un puto siniestro que, escapándose de los espejos que le devolverían su decadencia personal, su fracaso, su pedantería, coronándose nuevamente en su momentaneidad, proclama la muerte como justicia para unos rateros que le robaron unas baratijas pedorras y, ofendido, amenaza con irse del país.

Qué bien le haría a este país que la gente muriera de vieja, que los funcionarios rindan cuentas, que los servicios esenciales fueran esenciales, que la calle sea un territorio florido, que los delincuentes no existan y que la mierda se vaya finalmente por las cloacas.

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