Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

18 marzo, 2012

...son parte de mi amor



No se puede edificar sólo con ladrillos, ni se puede cocinar sólo con harina.
Allá por 1984 mis tardes de militancia que compartía con amigos como Carlos, Cesar o Marcelo se iban alargando en cenas de discusiones interminables, y terminaban bastante a menudo en un sótano de la calle Rodriguez Peña llamado Contramano.
Un sótano que nos dejaba sacarnos el traje de activismo por un rato, para putanear, beber, buscarnos un novio, y también para hacer colectas o volantear.
Porque en esos años, los activistas LGTBIQ volanteábamos y hacíamos colectas.
Es más, pintábamos nuestras banderas casi siempre en sábanas viejas que desechábamos de nuestras casas.
En Contra, enfrentamos una noche al Chupete Díaz un subcomisario que se río en nuestra cara del Punto Final de Alfonsín.
Pero ese día no se llevó a nadie.
De allí llevaron preso a Carlos Jauregui cuando se resistió a una de las tantas razzias.
De allí, o mejor dicho -de su dueño- salió el dinero para pagar el velorio de Carlos. Con una simple llamada, Jose Luis Delfino me dijo: “gordo, decime cuánto necesitás y venilo a buscar”.
Contramano era una especie de peña de maricas, y fue valiosa para ese momento de reagrupamientos.
La veo en decadencia y antigua para estos momentos de diversidad y devenires.
También hubo otro lugar donde mis amigos y yo fuimos felices. Se llamaba Teleny.
Era un bar lleno de brillo de strass en una calle muy oscura, donde un grupo de viejas –como impunemente llamábamos a Pedro, Anibal o Adolfo- nos cuidaban como si fuéramos sus hijos.
Fue el lugar donde en el peor momento de la pandemia del SIDA nos llenamos de risas disimulando un poco que siempre faltaba alguno.

Mi camino se llenó después de un amor ibérico que me hizo cruzar el charco y estar una década y un poco más lejos de Argentina.
A mi regreso en 2010 un día leí que en un lugar llamado CasaBrandon pasaban un documental sobre el Aborto.
Me dijeron que casaBrandon era un lugar de tortas y que quedaba lejos…
Allá fui esperando una especie de nuevo Café de Abril, que a mí me gustaba mucho por más que me miraran raro.
El documental se suspendió o no recuerdo bien que pasó.
Si sé que no me importó mucho.
Había un camarero que se movía constantemente y hacía mil cosas en una barra llena de muñequitos y espejos. Tenía unos ojos muy lindos.
Y había un par de pibas que charlaban mucho sentadas en unos sofás muy cómodos. Ellas tenían una sonrisa preciosa.
Me tomé un vino tempranero…y luego otro.
Y así como si nada, me fui a casa.

Para que entiendan un poco: yo no hubiese elegido volver a Buenos Aires. Pero tuve que volver.
Y tener que volver, era para mí, tener que querer quedarme.
Querer quedarme se asociaba mucho con encontrar lugares para quedarme.

Un día en Internet leí un poema que se llamaba Madres de la Plaza Trava. Lo había escrito una tal Susy Shock.
Esos días iba a leer un poemario en casaBrandon.
Y volví a ese lugar de tortas que quedaba lejos.
Estaba el mismo camarero movedizo, el de los ojos lindos.
Y las pibas eran otras pero todas tenían esas sonrisas que dan ganas de quedarse a mirar.
Yo me volví a pedir un vino…y luego otro.
Y extasié con el Poemario transpirado de Susy.
¡Yo que me ufanaba que después de conocer los bares de Schöneberg me iba a aburrir muchísimo en Buenos Aires!
¡Yo que lo único que quería era volverme a Madrid a recuperar ese amor que tanto extraño!
Pues bueno, que empezó a gustarme casaBrandon.
Entonces lo que extrañaba no se hizo tan pesado,
y Buenos Aires comenzó a ser menos extraña.
Y conocí primero a Lisa y más tarde a Jorgelina: ese Ying y Yang de un mismo corazón enorme, solidario y bello, que llena de buena onda a todo su equipo.
Por eso el camarero movedizo tiene esos ojos lindos.
Por eso la negrita Carla es más linda que la Luna.
Por eso Fer tiene la potencia de cien leonas.
Por eso esas pibas se multiplican en otras pibas y otros pibes y muchis colibrís, todas y todos sonrientes y con buen rollito, como se dice en España.
Por eso hoy, es un honor para mí que me hayan invitado a decir unas palabras en este evento.
Mi devenir de puto viejo, de marica inconformista con los lugares que la hipótesis social me quiere adjudicar, es feliz en casaBrandon.
Desde mi retorno en ningún otro lado me he sentido así, y el cuerpo de este maricón se los agradece.

Les quiero agradecer a Lisa y Jorgelina y a todo su equipo, las hermosas noches que me regalan.
Las charlas, las risas, los exabruptos, el espacio para hacer cosas, los espectáculos, la compañía, el afecto, la cerveza fría, y el vino no tan caro, las sonrisas, el patio del fondo y los tejes, la verdadera diversidad, las borracheras lindas, los tangos que cantamos un día, la confianza, la lucha conjunta, la misma sintonía, el poder mirarnos a los ojos y ver claridad…energía blanca, como dice Lisa.

Me encanta poder decir -siendo yo tan exagerado en mi forma de ser y sentir- que casaBrandon me aporta muchísimo más a mi deconstrucción cotidiana que cualquier bar para “varones gays” o cualquier fiesta donde reinan los gordos barbudos.
Elegí casaBrandon.
Por las sonrisas, por la negrita, por Fer, por el camarero movedizo de ojos lindos, por Jorgelina y por Lisa.
Porqué no se puede edificar sólo con ladrillos ni cocinar sólo con harina, pero se puede construir un espacio hermoso donde encontrar la felicidad,
simplemente con amor.