Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

30 agosto, 2011

El eco de tu perfume


Igual,
me atravezó tu suave vendaval,
como en aquella canción que tanto nos gusta.

Que más que canción
es un edén,
lleno de impulsos antiguos
y sutiles.

Te escribo.
Las yemas de mis dedos
-marcadas con tu piel-
se resisten a perderlo todo.

Me golpeo de repente,
con esa descreída realidad;
pero quedó igual,
esclavo de tu perfume,

...................................

y guardo en mi recuerdo,
el aroma dulzon,
que habitamos,
apenas.
 
Para amarte
solo pido permiso a la poesía,
y a vos.


20 agosto, 2011

Amar


¿Que es amar?

¿Poseer?
¿Tener?
¿Cojer?
¿Besar?
¿Deber?
¿Querer?
¿Dividir?
¿Exijir?
¿Lograr?
¿Doler?
¿Olvidar?
¿Comprender?
¿Dejar?

Amar es amar.
Claramente.

Es simplemente desear lo mejor que podamos sentir
para el otro al que amamos.
 
 
Para Hache, siempre.

16 agosto, 2011

El Tocho



 Me suena lejano y vago su nombre que me declaró a risotadas en ese bar oscuro y mugriento donde iba a beber vino tinto, y en donde la Loli le daba un boquerón -o dos- camuflados en las aceitunas que servían de picoteo.
Era grueso, de labios corajudos y voz atrevida.
Tenía unos dedos gordos, orillados de chapas y tenazas, con las uñas carcomidas de tanto arañar los días.
Su pelo brillante, falso, como un estropajo de metal.
Sus hombros, que hacían suspirar a las señoras casadas, eran enormes, prietos en sus camisas entalladas y abiertas justo a un botón menos del deseo.
Usualmente se acodaba en la barra, bebía, y reía, y bebía y contaba sus chistes, y bebía y seducía, temiblemente adorable.
Contaban por ahí que tenía en su haber un par de muertos, y que había estado en la cárcel por un robo que no cometió.
Que eso lo había marcado de por vida.
Decía  siempre que nunca más quería volver a sentirse triste.
Muchas noches, borracho, abrazaba al primero que tenía a mano, y bamboleándose se arrastraban a por putas donde el río hace esquina.
A mi me gustaba escuchar sus chistes y contabilizar sus hazañas de galán de barrio, asustarme con sus miradas, y esperarlo a la salida del colegio para que me invite con un alfajor.
Una tarde no llegó.
Esa noche el bar estuvo más callado que de costumbre, y las calles, las esquinas y el barro se entristecieron para siempre.
Allí donde el río hace esquina se arremolinó la tragedia, porque al Tocho, como todos le llamábamos, le metieron una bala en la cabeza.