Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

30 abril, 2011

La marica mártir (por Gastón Malgieri)

Este es un texto de Gastón Malgieri, en homenaje a Carlos Nicolás Agüero, victima de la homofobia nefasta y asesina.
Cansado de sufrir acosos y agresiones por su supuesta identidad sexual, Carlos -de 17 años- se suicidó la noche del sábado en su pueblo, Chepes, en la provincia argentina de La Rioja.
Basta ya de homofobia.



Carlos Nicolás Agüero



"La imagen es, por lo menos, dantesca: una ráfaga desprendida de las polleras del impúdico viento zonda, sacude el cuerpito adolescente de Carlos Nicolás Agüero de 17 años, en las afueras de la localidad de Chepes.  

Carlitos, mordiéndose la lengua de rabia, hace soga y silencio su desesperación, y cuelga su carne de un árbol, como una especie de ofrenda macabra al prejuicio del vecindario chusma, que sacaba sus sillas a las veredas de los atardeceres riojanos, para mofarse del amanerado caminar del jovencito.

Carlitos ahorca el burbujeo inocente de su sangre, en una especie de homenaje nefasto a esos docentes medievales de la negligencia institucionalizada, que le enseñaban Instrucción Cívica para convertirlo en un ciudadano modelo.  Siempre que se metiera su deseo en el culo, y no se enterara el rector de las pulsiones de su bajo vientre. Por supuesto.

Franco, el hermano de Carlos, y quien encuentra su cuerpo, balbucea la pérdida ante la mirada miserable del amarillismo local, que hurga sus heridas con la falange infame de la birome periodística. Franco susurra el dolor y trasviste el “Orgullo” de la ciudad autónoma musicalizada con bits electrónicos,  en una peregrinación contra el silencio, la discriminación y la violencia. Transforma el duelo en purga, el llanto solitario en zapateo colectivo por el empolvado camino rural. La culpa creyente de una comunidad, a veces tiene esas volteretas: hace falta un sacrificio, para salir a pedir justicia por algo que antes se repudiaba con fe cristiana.

Son sus huesos los que están allí, para recordarnos, a las maricas asfálticas y poliglotas, a las maricas catedráticas del placer y preocupadas por los devenires del deseo, cuán abstracto y pretencioso es hablar de igualdad desde nuestras miradas cosmopolita. Somos monos repitiendo discursos académicos que nos sobrepasan, que reconstruyen nuestros flácidos pliegues con la masilla esteta de la musculatura, de la tiranía anabólica. Chimpancés que miramos atónicos el cajón, desde las páginas de información diversa que reproducen la imagen mortuoria.

Es esa polaroid de la intolerancia, que los medios LGTBI argentinos (los pocos que se hacen eco de la noticia) reproducen en sus páginas de internet, anacrónicamente adornada con publicidades anoréxicas, invitaciones a embadurnamientos con aceites orientales que prometen salud, relax y placer. Publicidades que invitan a bolichones hiperlumínicos donde se aturde la marica aceptada, la marica que tiene cabida en los estándares de la clase media, que sigue construyendo su imagen de lo diverso, a partir de las pautas publicitarias de la perfumería europea.  

Entre la imagen de Carlos, afloran las propagandas de ropa íntima masculina a facturarse en moneda extranjera por esos que consumen el prototipo Stonewall que dicen querer erradicar, por una fotografía más populosa del chorreo homosexual. La contradicción artificiosa nos hace negar esos cánones en épocas de discursos bien pensantes,  de la banalización del “todos y todas” que repite, como un mantra budista, el discurso presidencial, en tiempos de matrimonios igualitarios.

Días atrás, otro “magazine diverso” daba cuenta de la realización de un documental sobre la apertura de placares, a manos de un cineasta  francés con ánimos de mochilero embelesado con nuestras costumbres sudacas. En esa nota, en la que dejaba claro su mirada atenta a los ecos dominantes, decía que su idea era recorrer el país para ver cómo las leyes que se deciden en Capital cambian vidas en el interior. Es decir, negando, o borrando de un plumazo sin purpurina, la lucha de organizaciones LGTBI de las provincias, en la proclama de la Ley de Matrimonio Igualitario.

Carlos desconoce los detalles pretensiosos de este marica que escribe desde ese sentimiento tan putamente clase mediero: la indignación. Esta marica que no niega sus orígenes, pero, en ocasiones como esta, putea por lo bajo, mientras escucha la masificada Lady Gaga.  

Carlos es ajeno a todo esto. Carlos descansa de la mirada condenatoria de la ignorancia. Carlos reclama que su cuerpo sacrificado nos enseñe de una vez por todas, que el deseo es definitivamente otra cosa. Ni lo académico de los libros que circunscriben, ni la aberración que desatará los cataclismos cristianos que pregonaban sus vecinos."

 

Gracias Gastón Malgieri

12 abril, 2011

Repugnante, vida y bella.



Repugnante vida,
la que prohibe la identidad,
la que roba en las esquinas con un traje de Hugo Boss,
la que apalea -sin gracia- la opinión ajena.

Repugnante vida,
la que me deja solo cubierto de añoranzas,
y escupe en mi alma el odio berreta,
la que amansa las fieras con coca barata.

Repugnante vida,
la que me postra en la cama,
me ata al dolor,
me encierra en la nada.

Repugnante vida,
la que me deja sin habla, maniatado,
la que me aleja de vos,
la que me hunde,
sin voz.

La vida es bella,
aquella frase mal usada,
¿cuándo volverá a golpear en mi ventana?.