Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

28 febrero, 2011

Cada vez, Natalia


El 6 de marzo del 2010, Natalia Gaitán, de 27 años fue asesinada de un tiro por Daniel Torres, el padrastro de su novia. Las jóvenes vivían juntas en Parque Liceo, un barrio periférico de la ciudad de Córdoba.

Cada vez que nos insultan por nuestro deseo, Natalia.
Cada vez que el silencio cerca nuestras palabras, Natalia.
Cada vez que nos mandan al psicólogo, Natalia.
Cada vez que prefieren nuestra ausencia, Natalia.
Cada vez que nos dan la espalda ante nuestro beso, Natalia.
Cada vez que sienten asco por nuestro cuerpo, Natalia.
Cada vez que nos desean la muerte, Natalia.
Cada vez que tenemos que explicar por qué lo decimos, Natalia.
Cada vez que el planeta gira sobre un eje que nos desconoce, Natalia.
Cada vez que nos golpean para enderezarnos, Natalia.
Cada vez que el miedo se apodera de nosotras, Natalia.
Cada vez que nos expulsan de los hogares, Natalia.
Cada vez que nos encierran en las casas familiares, Natalia.
Cada vez que nos indican cómo vestirnos, Natalia.
Cada vez que la belleza es sinónimo de feminidad canónica, Natalia.
Cada vez que nos dicen que se nos va a pasar, Natalia.
Cada vez que el chiste o la burla nos denigran, Natalia.
Cada vez que el pleito por la normalidad se disputa la custodia de lxs hijxs, Natalia.
Cada vez que nos despiden del trabajo porque se enteraron, Natalia.
Cada vez que debemos callar en el trabajo para no perderlo, Natalia.
Cada vez que no conseguimos trabajo por nuestra apariencia, Natalia.
Cada vez que no pueden imaginar nuestras vidas, Natalia.
Cada vez que imaginan nuestras vidas como un problema, Natalia.
Cada vez que nos asignan el lugar de la carencia o el sufrimiento, Natalia.
Cada vez que piensan que nos quedaremos solas, Natalia.
Cada vez que el sindicato nos niega, Natalia.
Cada vez que los movimientos políticos nos ignoran, Natalia.
Cada vez que el feminismo nos considera un asunto secundario, Natalia.
Cada vez que nos encarcelan porque se sospecha de nuestra expresión de género, Natalia.
Cada vez que reducen nuestro habla a los términos de una confesión, Natalia.
Cada vez que se defiende el closet como elección, Natalia
Cada vez que la diversidad se precipita en mordaza, Natalia
Cada vez que nos fusilan, Natalia.


Atenazada por el dolor y la rabia, escribo como testimonio de la imposibilidad de que esos labios, los de Natalia -como los de tantas otras-, articulen el beso o la palabra que esta sociedad desprecia. Atravesando la singularidad de ese nombre propio, la mirada se fragua en el vacío de una desaparición forzada. El lenguaje que emerge de la estela de la muerte para disipar las sombras del olvido, hace germinar la intensidad del grito en las sonoridades de cada cuerpo de la comunidad herida. Distante de entender a la lesbiana como una identidad sustantiva, asumo los riesgos de un nosotras que se desencaja, al mismo tiempo, de los contornos definidos por esa identidad. Un nosotras como espacio sin cercamientos porque la fluidez de las posiciones encarnadas transmuta con los acontecimientos.

El fusilamiento de Natalia por lesbiana, re-edita los nombres mudos de las muertes de quienes vieron en sus cuerpos, deseos e identidades el vórtice de su abatimiento, porque el orden sexo-genérico imperante distribuye, cada vez, su facultad represiva hasta el nivel micropolítico, de manera que no es sólo el Estado quien la ejerce, sino que puede ser cualquiera (vecino, padre, hermano, etc) dispuesto a re-ordenar el mundo como manda esa ley invisible pero no menos opresiva.

El perdigón acierta en un cuerpo al que le restituye su carácter de desechable, de abyecto. Atraviesa el aire como cita iterativa de la ley heterosexual que vuelve invisibles, cada vez, los deseos, cuerpos e identidades no heteronormativos.

El perdigón tiene la carga de una norma que actúa en silencio y por silenciamiento, y se desplaza en un entramado de impunidad y coacción creado por las condiciones en que, cada vez, tenemos que desmentir nuestra inexistencia.

El perdigón procede con la fuerza de una autoridad que disimula su historicidad, no sólo por su poder letal para perforar la carne, sino por la repetición de la invocación de una serie de prácticas que, cada vez, producen la norma que se sexualiza como heterosexual. La verdad política de esas prácticas tiene el poder de construir la cotidianeidad como una trama de acontecimientos vividos en una temporalidad que se experimenta como continua, donde los cuerpos que no se ajustan a los criterios de la heterosexualidad, por su identidad o práctica sexual-erótica, no tienen derecho a vivir.

Natalia fue asesinada por lesbiana, una identidad que se ponía de manifiesto visualmente por su expresión de género masculina, señalando la falta de obediencia a los cánones de la feminidad convencional, en un contexto donde la pobreza talla la política molecular del residuo. Lesbiana, masculina y pobre se anudaron en la composición de la fórmula para la impugnación de su vida.
La norma heterosexual excluye del mundo de lo vivible a lesbianas, intersex, maricas, travestis, trans, bisexuales, y la lesbofobia es una de sus tantas y múltiples expresiones que especifica la violencia particular que asume hacia las identidades lésbicas. Lejos de considerarla como un problema psicológico que se corrige con una terapéutica individual, la lesbofobia es un problema político al estar organizada la sexualidad y los cuerpos en función de un deseo que las instituciones del Estado, la iglesia y el mercado, establecen como único y legítimo: el heterosexual, autoproclamado como “normal”.

La lesbofobia expresa el consenso tácito que hace del silencio, fundamentalmente, el modo de existencia de las lesbianas. No es un asunto individual que se resuelve con la enmienda de una actitud personal, porque se trata del diseño sexo-político de una sociedad, cuya fuerza punitiva se despliega, cada vez, en oposición hacia todos los estilos corporales que rompen la coherencia con la relación heteronormatizada que preside las regulaciones de sexo, género y sexualidad. Por eso, luchar contra la lesbofobia apunta a la crítica y desmantelamiento de la producción institucional y política de un orden social heterocentrado y sus dispositivos de subjetivación.

Hoy en día, la espectacularización de las identidades sexuales, con un tratamiento mediático desde la excepcionalidad o saturando de representaciones sobre modelos estereotipados y monolíticos, instala la idea de cierta “libertad sexual” cuando produce, al mismo tiempo, una férrea regulación de las conductas al asignar los lugares previamente fijados que se pueden ocupar: en la TV, en la zona roja, en el consultorio, en el quirófano, en la comisaría, en el registro civil, o en ningún lado. En el mismo sentido, el matrimonio como demanda que se impone de manera hegemónica en la agenda pública, nos vuelve inteligibles sólo en términos de familia, amor, monogamia y respetabilidad, los mismos valores liberales que, lejos de malograr las normas sexuales dominantes, las confirma en su pertinencia y legitimidad.

Como lesbianas no contamos con una voluminosa cantidad de cadáveres para tirar sobre la mesa social de la justificación de la acción política, aquella que se guía por las premisas del victimismo a ultranza; tenemos vidas recortadas sobre un fondo de oquedad totalizante que nos vuelve, cada vez, inexistentes.

Si la norma, para sostenerse, debe ser reafirmada y confirmada, cada vez; nuestra munición es su inversión, cada vez como efecto subversivo, como interpelación mordaz para combatir el asedio de los signos de la indiferencia y el exterminio.

Construir la memoria de una sangre que se acompasa al latido de una palabra capaz de hacer legible, cada vez, la violencia de una muerte; de hacer perceptibles posibilidades, elecciones y deseos invisibles; de hacer explícito lo implícito; de infiltrar nuestras representaciones en todos los escenarios y sus ecos; de enfrentar los impulsos cívicos y las políticas institucionales de erradicación o domesticación de nuestras vidas; de fermentar el gozo de nuestros cuerpos.

Escribir lo inadmisible, cada vez.
Nombrar lo impronunciable, cada vez.

VALERIA FLORES
Este texto fue escrito por Valeria Flores para el colectivo de Gèneros de Indymedia que organizò un homenaje a Natalia Gaitàn con un entramado de voces de otras compañeras lesbianas, para verlo completo ir a: http://argentina.indymedia.org/features/genero/

11 febrero, 2011

...menos


Cal o tierra.
El Sol y la Luna juntos.
Un mar inmenso, y dos también.
Tres días, cien libros, veinte panes de queso.
Un balde entero de flores de papel.
Caminar desnudo en la Plaza de Mayo.
Gritarle a la cana que son una mierda.
Pintar de verde todos los semáforos de Buenos Aires.
Escupir tan alto que toque las estrellas.
Arrancar todo el pasto de una plaza entera.
Estar medio año sin comer naranjas.
Hacer de chofer en una estanciera.
Patinar, bailar y cantar sobre hielo de colores.
Abrazar a dos monos y a una vaca lechera.
Buscar el tesoro del Pirata Houdson.
Armar barquitos de papel que no se hundan en el agua.
Contar todos los granitos de arena que forman el mar.
Llorar despacito aunque duela.
Pensar en la Negra y verla despierta.
Volver a Madrid a nado.
Pintarme la cara con brea negra.
Dejarte dormir mientras caliento el agua.
Regar las plantas de madrugada.
..................................................
Pedime lo que quieras;
menos que te olvide.