Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

05 enero, 2011

La Gypzie



Aquel sería el primer gesto maternal consciente que recuerdo, perdido en una mirada desdibujada por el maquillaje seco, de labios escandalosamente rojos, y manos tan gruesas como amables, las que puntualmente a las 9 sostenían el mismo libro de cuentos que su voz aterrorizaba de vino tinto.
Su entusiasmo iba más allá de los desayunos, las ausencias, las risotadas, lavar, planchar, comer, desaparecer hasta empezar de nuevo adormilado por la infinidad de fracasos nocturnos.
Su pelo de variopintos tintes y siempre revuelto, era cada vez más extraño.
Su olor, ese que me encandilaba cuando me besaba en la frente, mezclaba alguna rebaja con multitudes de mercadillos.
Jamás se atrevió a pegarme, jamás me levantó la voz.
Me protegía de monstruos imaginarios que existían más en su mente que en mi mundo infantil, de apenas necesidades.
Su consejo resumían todo su dolor: “nunca confíes en nadie que no sonría”. Quizás supo más de odios que de poesía.
Me dejó de herencia un pañuelo, la merienda, el pelo limpio, las uñas cortas, las ganas de ser feliz.
Nunca entenderé el porqué de muchas cosas, para mí -de una u otra forma- siempre será mi madre, aunque para otros sólo fuera La Gypzie.

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