Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

30 enero, 2011

Granito de luz


Para Hache

Cuentan los niños que hay un barquito que no encalla ni en los hielos más fríos y sigue su rumbo hacia donde nadie sabe.
Va cargado de tesoros de chocolate y moras, con monedas de cerezas y collares de turrón.
Navega sin rumbo en el un mar inmenso, sin nombre -a su vez-, perdido en un mapa antiguo de colores nuevos y letras modernas.
Dícese de él en las enciclopedias, que fue escenario de grandes batallas con dragones, piratas y tifones; aún se siguen contándo historias que tiñen de heroismos las tardes de dudas y abulia.
Se cuenta en los bares de los puertos que una vez hubo una historia de amor tan hermosa entre dos tripulantes, que el capitán conmovido no quiso transportar nunca más otra mercancía que no fueran dulces,
...y el mar inmenso calmo sus aguas a partir de ese instante; y las mareas bailaron una danza; y las sirenas y los delfines vinieron a ver que pasaba que había tanto gozo por estos lares.
Mar hermoso, calmo te adoro, lleno de granitos de arena que tanto brillan en la oscuridad: no permitas que los dulces se derritan, ni que las frutas se dañen; refresca al sediento con tu paz.
(.....)
Pobre del que no tenga sueños donde naveguen barquitos sin rumbos en mares sin nombres.

05 enero, 2011

La Gypzie



Aquel sería el primer gesto maternal consciente que recuerdo, perdido en una mirada desdibujada por el maquillaje seco, de labios escandalosamente rojos, y manos tan gruesas como amables, las que puntualmente a las 9 sostenían el mismo libro de cuentos que su voz aterrorizaba de vino tinto.
Su entusiasmo iba más allá de los desayunos, las ausencias, las risotadas, lavar, planchar, comer, desaparecer hasta empezar de nuevo adormilado por la infinidad de fracasos nocturnos.
Su pelo de variopintos tintes y siempre revuelto, era cada vez más extraño.
Su olor, ese que me encandilaba cuando me besaba en la frente, mezclaba alguna rebaja con multitudes de mercadillos.
Jamás se atrevió a pegarme, jamás me levantó la voz.
Me protegía de monstruos imaginarios que existían más en su mente que en mi mundo infantil, de apenas necesidades.
Su consejo resumían todo su dolor: “nunca confíes en nadie que no sonría”. Quizás supo más de odios que de poesía.
Me dejó de herencia un pañuelo, la merienda, el pelo limpio, las uñas cortas, las ganas de ser feliz.
Nunca entenderé el porqué de muchas cosas, para mí -de una u otra forma- siempre será mi madre, aunque para otros sólo fuera La Gypzie.