Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

02 octubre, 2010

Amabe

 







En Tanmusi, una aldea del centro de Nigeria, Amabe recoge como todos los días kilos de paja, de los pajonales cercanos al río Anno, para reforzar los techos de su choza. Las lluvias pasadas casi arrastraron todo, pero la suya resistió. Amabe explica que es por cómo ella entrelaza la paja que es un secreto de familia que su madre le enseño a ella, y a su madre su abuela, y que así ella hará con Bara, su hija mayor, que será la encargada de cuidar de sus hermanos y de la choza cuando Amabe ya no esté.
Pero eso aún no será.
Vive con sus ocho hijos. Quedó viuda hace 2 años, con los dos pequeños aún sin destetar. Su madre, su padre, y sus hermanos viven a 200 kilómetros en una aldea. Amabe aparenta una edad indefinida entre 25 y 50 y ella, coqueta, dice que no recuerda cuando nació, y cambia de registro e insiste que ese pedazo de tierra, de seca y dura tierra, es su casa y el hogar que tendrán sus hijos cuando crezcan. Se ríe, y muestra sus pocos dientes, y comenta que ya estará mirando desde el cielo para que no haya peleas demasiado graves por el reparto de los animales. ¿La choza? Los hombres competirán por ver quiénes las hacen más fuertes y las mujeres por quiénes le dan el mejor color.
Amabe hoy tiene la visita de los dispensarios de Cruz Roja.
Luego de juntar la paja, ordenará la choza, debe acordarse de que mañana habrá que cavar una zanja más lejana para que el agua que seguro caerá corra ladera abajo, deberá visitar a su vecina que la ayuda con la comida, y seguramente tendrá algo de tiempo para sentarse a fumar su pipa de tabaco.
Pero eso aún no será.
Amabe sabe que es fuerte, que tiene una buena familia, que a pesar de la miseria, el frío o el calor según toque, la falta de agua, y la soledad, ella sabe que es una luchadora.
De ello se siente orgullosa.
Se lo debe a la Cruz Roja y a los Médicos sin Fronteras que vienen y le ayudan, a ella y a todos los de la aldea. Esta mujer imparable piensa que los quiere, los admira y calla cuando ellos se mueven por la aldea con sus batas, sus camiones y sus medicinas. Los quiere porque ellos la cuida, cuidan a sus hijos, y a sus vecinas.
El doctor Martínez es de Colombia, tendrá más o menos la edad de Amabe, pero parece más viejo, piensa ella, y piensa que tal vez no coma bien, ni tenga una esposa que sepa guisar, ni que lo
entienda en las noches cuando es una esposa la que debe comprender al esposo, como ella ha hecho siempre con el suyo.
El doctor es algo tímido pero firme en sus decisiones, la osculta con mucho cuidado, casi con reserva. Sus manos siempre llevan unos guantes blancos, que invariablemente
quita cuando al despedirse le pasa una de ellas por la cara, y ahora sí, le dedica esa blanca sonrisa que tanto aprecia Amabe, y que ella corresponde con sus pocos y oscuros dientes, y Amabe admira esos dedos blanco, no muy largos, que siempre lleva impecables el doctor, como si recién saliera del agua, con las uñas blancas y cortas y los nudillos fuertes y peludos.
El doctor Martínez le recuerda que las medicinas son para tomarlas y que debe hacerlo todos los días. Y entre una y mil excusas siempre se cuela las tareas, los hijos, los vecinos, las cabras, la vaca, la choza. Ella resopla, baja los párpados, gira un poco nomás de lado su cabeza y asiente como una niña ante una travesura.
Un día, cuando el calor apretaba demasiado, el doctor quiso conversar un rato más del acostumbrado:

- Amabe, ¿no tienes miedo a morir?

Ella lo miró, pensó un momento y dijo:

- ¿Morir?. Doctor, ¿Ud. sabe todo lo que yo tengo que hacer antes de morir? Morir, morimos todos. Murió mi esposo, y morirán mis padres, y moriré yo, y mis hijos después que yo, y los hijos de mis hijos, y así.
Pero eso aún no será.
Porque debo cuidar de mi casa, y juntar todos los días la mejor paja que haya, y cavar la zanja para que las lluvias no arrastren la choza, y críar a mis hijos más pequeños, los grandes ya lo hacen solos, y conversar con mi vecina...y...¿sabe Doctor?...es que yo no me siento enferma.

Amabe Masuto, de Nigeria, madre de 8 niños, es seropositiva. Vive en una aldea pérdida de Nigeria, donde las escasas visitas son las de los médicos que con la ayuda internacional combaten a duras penas el Sida en el continente africano.
Mucho mejor allí donde las personas como ella no sólo son receptivas a los tratamientos, sino que mantienen un espíritu único e inequívoco de fuerza y voluntad, de metas cotidianas, de ilusión, y de supervivencia.
Amabe es una sobreviviente, como millones de otros casos en el mundo, y ella sabe que aun tiene muchas cosas por hacer.

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