Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

08 diciembre, 2009

Pasa el tiempo



El tiempo pasa, los años siguen llegando, y hasta parece que al menos soñado un día el espejo le devuelve una mirada extraña.

Diez años son poco en un niño que acaba de cumplirlos, o muchos para pagar la cuota de un crédito, y sin embargo diez pueden ser un hoy y un ayer en la mitad de la vida de cualquiera.

Hace casi 12 años que me fui de Buenos Aires, en todo este tiempo no he estado más que ocho o doce días seguidos, una vez al año cada tanto.

Nunca sentí la necesidad imperiosa de volver. No extrañaba.

Tenía sí, los afectos en mi corazón, guardados a buen recaudo para que no fueran un ancla en mi rumbo. Allí están, intactos.

Hoy que siento que casi forzosamente estoy aquí de nuevo, encuentro Buenos Aires tan distinta como igual.

Hay edificios nuevos, y barrios que antes no existían. A las caras que inundan la televisión ni siquiera puedo ponerles nombre, y las que recuerdo, ya pintan tantas canas como cirugías. Las calles siguen llenas de ruidos y gente como siempre; a esta ciudad le cuesta mucho dormirse. Todos tenemos algunos achaques que antes ni soñábamos. El olor a tilo de los árboles de los barrios sigue siendo embriagador. Las vecinas siguen hablando en las esquinas, aunque los pibes que no pueden más fumen paco. Las plazas están todas enrejadas. Los hospitales están cada vez más pobres. Los pobres siguen siendo pobres. Los hijos de puta continúan repartiéndose el pastel entre ellos mismos.

Los encuentros son tibios, dudosos, casi como si fuera una primera vez dentro de todo. La gente que antes conocía un poco, aquellos a los que saludaba en el bar, me miran y no me reconocen, dudan, perdieron mi nombre (y yo el suyo) en todos estos años. Algunos me ven mejor, otros, demacrado.

Mis amigos están ahí, ocupado, con sus vidas, sus propios achaques, sus cosas.
Tengo muchos, por suerte. Fieles, cariñosos, de siempre, con los que he vivido cosas muy fuertes, entrañables, de las que unen toda la vida, aunque cada uno tenga sus tiempos más recortados.

Pero los años pasan. El tiempo inexorablemente nos seduce y nos va penetrando lentamente, ronroneando una mentira que llegará un día y se deshará.

Me siento mayor, sin ganas de alborotos. Disfrutando al máximo de la comunicación entre los afectos, esos a los que no hay que explicarles nada. A los que entiendo más allá de las palabras, con una mirada, o simplemente al tomarles la mano.

Quizás disfrute más tomarme un té mirando la Avenida de Mayo, que sumergiéndome al boliche top lleno de extranjeros enfervorisados por la oferta pesos-euros (dolares) que ofrece este país.
Me llenó más seguir el debate en el Congreso, que programar citas en mi agenda.

Pasa el tiempo.

Llegaron los malos días.
Espero que esos malos días, pasen. Lo deseo.

Mientras tanto,vacío mis días de compromisos; uso internet casi adictivamente; paso como puedo mis dolores; disfruto de los que quieren acompañarme; me embobo con la televisión; y espero febrero, que creo será cuando amanezcan los buenos días, nuevamente.

2 comentarios:

Mée.- dijo...

Gus es hermoso todo lo que escribiste, es muy cierto. Las cosas, la gente, los barrios todo cambia, todo esta en constante movimiento!
Te dejo abrazos!

Thomas dijo...

Lo del te en Avenida de Mayo no es mala idea!!!!