Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

23 diciembre, 2009

No fue

Hurgo que te hurgo, a tiempo, mezclando la pana con el terciopelo azul, la lana con el moré, la salvia con la sal.

Abajo, allá donde quizás no lleguen nuestros dedos, llegará nuestra boca.

En un dominó de manos y brazos abarcaremos todo el terraplén, derramando gritos de locura porque sí...la ocasión lo merece.

Tu camiseta ya no será una remera. Quizá podría ser una sábana azul -nuevamente- que acolchará mi espalda contra las piedras, rocosas, pequeñas, puntudas, salvajemente placentera, que ya ni noto.

Porque de repente aquello que era no es, y lo que será ni me importa.

Un año que no fue, y que sin embargo fue tan duro que duele tanto. Marcado al medio me quedé, con dolores más allá del dolor, y odio que debería limpiar cuanto antes. Angustia feroz de lo que nunca debió ser, desde el principio y la certeza.

De todos modos, ahora sólo quiero arañar tu espalda con los mismos dedos que acabo de desabrocharte el último botón.

17 diciembre, 2009

De eso no se habla


Todos estamos de alguna u otra manera hablando desde hace un tiempo de este señor que se llama Ricardo Fort.
Algunos lo recordamos - eso sí, con menos años y menos operaciones- en los '90 deambulando con su corte de "gatos" por Bunker -un boliche gay de mucho éxito en la calle Anchorena-; en una época en que no tenía tantas intenciones de cambiar de novia, ni de tener hijos.
Otros, miles, lo han descubierto ahora, multioperado, obscenamente derrochón, en plan Valentino con toda mujer medio necesitada de prensa que se presente, rodeado de guardaespaldas (los únicos en el mundo que no intentan proteger su identidad), y con su particular catálogo de bijouterie, pedrería fina, y strasses con los que se adorna el cuerpo. Ostentoso sí, muy de Miami también, pero con tan poca clase que Silvia Suller parece Coco Channel a su lado.
Su aparición televisiva, no sólo demuestra la escasa o nula programación cultural que tienen los canales privados, sino la necesidad absoluta de establecer un debate en los medios de comunicación en torno a todo lo fútil y vano, en contraposición con los problemas reales del país y su gente.
Por cada Rolex de diamante y oro que este señor muestra, se hunden en la miseria las ilusiones de cientos de miles de personas que no llegan a fin de mes para alimentar a sus familias, malviviendo en precarias condiciones, asotados por la marginalidad y la desesperanza.
En cada quiebre de cadera del hijo del chocolatero, se pierde una enorme cantidad de jóvenes que expulsados de cualquier esquema social, aterados de tanto dolor y frustración, se vuelcan en la delincuencia y el consumo de paco.
Hay un estilo en este personaje que aunque él no lo vea va mucho más allá de él, su actuación tiene más de titere que de titiritero. Tal vez un Frankestein de la post modernidad.
Parafraseando un refrán popular español "dime de que presumes y te diré de lo que careces", todas sus apariciones están marcadas por el desprecio hacia los demás, el despotismo hacia sus supuestos empleados, los maltratos hacia sus amigos y colegas, y el más rancio y profundo machismo con las mujeres, tratándolas como sólo lo hacen los maltratadores y los misóginos.
Ahora bien, ¿que carajo aporta este tipo?.
Seguramente a Ideas del Sur, Tinelli, Suar y el Canal 13, anunciantes (dinero), televidentes (dinero) y altas mediciones de rating (dinero).
Prensa, a los variopintos peleles que ha juntado o rejuntado a su alrededor.
Escándalos, peleas, riñas, insultos, descalificaciones, a la programación de toda la televisión argentina que repite y repite una y mil veces sus escenas.
A la sociedad argentina, en medio de una crisis política de amplia magnitud, con cientos de miles de personas posicionándose en un lado u otro, con la ignominia de un gobierno más preocupado por acrecentar su capital y apoderarse de las banderas históricas que nunca defendieron, con una derecha tan reaccionaria como hacía años no se veía, de alianzas deshilachadas, ansiosa de roer hasta donde pueda y quemar hasta donde quepa; a esa sociedad que necesita de valores, ejemplos, sociabilización, y por sobre todo repensarse, a esa sociedad -repito- no le aporta NADA.
Entonces, se debate si es o era gay, o si es o era bisexual, o si tiene hijos, o cuántas operaciones, o cómo compró el Rolls Royce. Si va o deja de ir a Esperanto, o a tal o cual lugar.
Pongamos las cosas un poco en orden que somos muchos.
Yo clavo una lanza y digo:
Este tipo tiene todo el derecho del mundo a ser un rico heredero; a ser gay; a ser bisexual si quiere; a ser gay o bisexual o heterosexual y tener dos hijos; a vestirse cuál vedette de revista; y a mentir; es más, incluso tiene derecho a generarse una "trayectoria" por medio de escándalos, gritos, peleas de patio escolar, e histerias varias. A todo eso tiene derecho.
Pero a lo que no tiene derecho es a escupir en la mesa de millones de hogares de este país que sus manos están adornadas con joyas que valen más que el sueldo de toda una familia.
No tiene derecho a mostrar su arrogancia de conducir coches carísimos y viajar en jet privados, cuando los trabajadores que forman la empresa de su familia, ganan entre 10 y 14 pesos la hora, y viajan hacinados como ganado en omnibus y subtes para ir y venir de su trabajo.
No puede ni debe tratar como mercancía barata a la compañía barata que tiene de troupe. Ni cambiar como objetos a las mujeres que lo rodean "ya no me interesa más, te la devuelvo envuelta para regalo" dijo en uno de sus peleas; llevando la imagen de las mujeres a un nivel paupérrimo en una sociedad donde precisamente todos los días ellas mismas deben luchar para ganar sus derechos.
Tampoco puede, y él sabrá porqué lo hace, ocultar bajo tanta operación, bijouterie, gritito, strass, y anabólico, lo que realmente es: un miembro de clase explotadora de este país que ha forjado su dinero a costa de sus trabajadores, y que ahora les muestra que se caga en todo y en todos ellos, se gasta todo, living la vida loca, y a mamarla.
De eso no se habla.
¿Cuánto más hará falta para que explote en sus manos la bomba de relojería que cada día aceita?.
El tema es que Ricardo Fort ya perdía aceite desde antes.

08 diciembre, 2009

Pasa el tiempo



El tiempo pasa, los años siguen llegando, y hasta parece que al menos soñado un día el espejo le devuelve una mirada extraña.

Diez años son poco en un niño que acaba de cumplirlos, o muchos para pagar la cuota de un crédito, y sin embargo diez pueden ser un hoy y un ayer en la mitad de la vida de cualquiera.

Hace casi 12 años que me fui de Buenos Aires, en todo este tiempo no he estado más que ocho o doce días seguidos, una vez al año cada tanto.

Nunca sentí la necesidad imperiosa de volver. No extrañaba.

Tenía sí, los afectos en mi corazón, guardados a buen recaudo para que no fueran un ancla en mi rumbo. Allí están, intactos.

Hoy que siento que casi forzosamente estoy aquí de nuevo, encuentro Buenos Aires tan distinta como igual.

Hay edificios nuevos, y barrios que antes no existían. A las caras que inundan la televisión ni siquiera puedo ponerles nombre, y las que recuerdo, ya pintan tantas canas como cirugías. Las calles siguen llenas de ruidos y gente como siempre; a esta ciudad le cuesta mucho dormirse. Todos tenemos algunos achaques que antes ni soñábamos. El olor a tilo de los árboles de los barrios sigue siendo embriagador. Las vecinas siguen hablando en las esquinas, aunque los pibes que no pueden más fumen paco. Las plazas están todas enrejadas. Los hospitales están cada vez más pobres. Los pobres siguen siendo pobres. Los hijos de puta continúan repartiéndose el pastel entre ellos mismos.

Los encuentros son tibios, dudosos, casi como si fuera una primera vez dentro de todo. La gente que antes conocía un poco, aquellos a los que saludaba en el bar, me miran y no me reconocen, dudan, perdieron mi nombre (y yo el suyo) en todos estos años. Algunos me ven mejor, otros, demacrado.

Mis amigos están ahí, ocupado, con sus vidas, sus propios achaques, sus cosas.
Tengo muchos, por suerte. Fieles, cariñosos, de siempre, con los que he vivido cosas muy fuertes, entrañables, de las que unen toda la vida, aunque cada uno tenga sus tiempos más recortados.

Pero los años pasan. El tiempo inexorablemente nos seduce y nos va penetrando lentamente, ronroneando una mentira que llegará un día y se deshará.

Me siento mayor, sin ganas de alborotos. Disfrutando al máximo de la comunicación entre los afectos, esos a los que no hay que explicarles nada. A los que entiendo más allá de las palabras, con una mirada, o simplemente al tomarles la mano.

Quizás disfrute más tomarme un té mirando la Avenida de Mayo, que sumergiéndome al boliche top lleno de extranjeros enfervorisados por la oferta pesos-euros (dolares) que ofrece este país.
Me llenó más seguir el debate en el Congreso, que programar citas en mi agenda.

Pasa el tiempo.

Llegaron los malos días.
Espero que esos malos días, pasen. Lo deseo.

Mientras tanto,vacío mis días de compromisos; uso internet casi adictivamente; paso como puedo mis dolores; disfruto de los que quieren acompañarme; me embobo con la televisión; y espero febrero, que creo será cuando amanezcan los buenos días, nuevamente.