Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

27 noviembre, 2009

Bendito sea yo!



Abajo dejé la incertidumbre, la amistad, la capacidad de asombro, montones de cosas sin sentido, y mucho por recuperar.

Como siempre que subo a un avión me asombro de la cantidad de mala fantasía que tengo en mi mente: que si cae ahora, que será un incendio, que rogar a los dioses amparo y que no sea nada.

Me voy por un rato a casa, mejor dicho a mi otra casa, la de antes, con ideales, utopías, amores, sueños, es decir, normalito nomás.

No puedo sino sentir cierta inquietud hacia lo que viene. Debajo de la nada hay mucho más o casi todo que aceitará mis pretensiones literarias, o así lo espero.

Estoy malo, malito como se dice en España cuando te pones un poco enfermo.

Pero estoy fuerte. No tengo miedo, sólo la acertada precaución de obrar rápido y con certeza. ¡Otras cosas más duras he tenido que sortear! Pero a menudo me cuesta decir que tengo un cáncer.

Cuando me escucho decirlo no sé exactamente si es probable que existe en mí, o si acaso no sea más que una especie de titular en un periódico, un conjunto de palabras en una frase que mañana no será nada. ¿Compredo cabalmente la magnitud del momento?, porque ¡tengo un cáncer!.

Que cobra realidad cruda con el pasar de los días esperando el comienzo del tratamiento, esos días de malestares, dolores, agotamiento. Esos momentos donde necesito, y así lo construyo, un entorno suave, con agradable compañía, buena gente y sobretodo, buenas palabras.

No persigo la total felicidad, la utopía del "todo estará bien porque sí", pero sí, busco la armonía que me deje, al menos, transitar este duro momento con paz y serenidad. Teniendo muy presente, que mucho de lo que resulte será producto directo de mí accionar.

Reafirmo y proclamo, este no es el momento de otros, es mi momento por obra y gracia de mí.

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