Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

27 enero, 2009

Compartimiento

Qué compartimos realmente?
Un viejo bolero, rasgado de surcos de lágrimas, podría decir que compartimos TODO. Que vamos por la vida con una amplia sonrisa entregando nuestra buena onda y mereciendo con los brazos abiertos el bienestar del mundo, la sabiduría de la gente, la gracia de un niño, la candidez de un anciano.
Pero no.
Creo que todo es menos núbico, algodonozo.
La vida está hecha de una sinfín de nosequés, noseporqués, nosecuándos.
También, es cierto, que nos hace dichosos cuando a regañadientes le cambiamos ese destino de opereta que tenemos y nos acaricia el alma con una canción, una película, un buen libro, o los últimos atardeceres en mi balcón de Berlín, donde la nieve está dando paso al sol, el verde vuelve a brotar, y la vista es bella, muy bella.
Pero vuelvo a mi pregunta, qué compartimos en realidad?.
Hace unos días alguién que apareció en mi vida torbellínicamente y que me ha dejado dando vueltas, quizás porque me lo merezco por lo egosita que fui en el pasado, me dijo: "si podemos".
No fue el actual, "Yes, we can", sino algo con más interrogante que futuro, tirado en un ir y venir de messenger de necesidad y vacíos.
Fue una aseveración y a la vez un interrogante.
Si podemos, compartimos.
Sí, podemos compartirlo.
Sútil diferencia gramatical, literaria, emocional, vital.
E insisto que coño compartimos en la vida?.
Comparto mi cama y mi cuerpo, y quizás algún otro cuerpo más.
Comparto mi mesa, mi comida, mi beber.
Comparto mis palabras, mi desesperación, mi inteligencia.
Comparto mi pensar, un asiento, un tren.
No me alcanza.
Anoche, viendo una de esas películas que te dejan los ojos hinchados de tanto llorar, en una escena final de cena de 31 de diciembre, hay tres hombres, un húngaro, un ruso y un español a principios de los años 30 en Buenos Aires, en un conventillo de la Boca, que comen, bueno medio mastican, rasguñan mejor dicho, un trozo de pan y algunas nueces, y leen, y aprenden, y se hacen uno mientrás nada de lo que tienen tiene algún valor, salvo ese momento, de nacimiento, de cultivo, y sus brazos y su ilusión, y esa luz cegadora que sale de sus ojos, ante lo nuevo, con deseo, ambición, futuro.
Ellos comparten y comparten, dan para recibir. Merecen y dan. Sueñan juntos, duermen con los ojos abiertos, desconfiando de todo y creyendo en todo. Sonríendo con dientes apretados. Caminando hasta agotarse. Deshaciendo sus ropas, manchadas de manchas, de más.
Atendiéndose, para entenderse.
Así, con dificultad, con pobreza, sacrificio, así sin nada se hizo todo.
Del todo no hicimos nada. Del todo siempre vino lo vacuo. Bajo todo había nada, y más nada.
Y sin embargo, que compartimos?.
Bordes de sables golpean las paredes de mi cabeza. LLoro porque la vida no es fácil. Porque estoy sólo, lejos, de nuevo novedoso, cavando otra vez, con menos o más, con 3 o 4, sin tanto, sin tantos.
Cuántos han caído en el camino?.
Pero por más que porfiemos, insistentemente estúpidos, en que la vida no vale nada...si no es para merecer...la vida sí vale algo, mucho o poco, ya lo veremos, cuando aunque sea un sucio y seco cacho de pan que se desgrana entre dos , tres, cuatro manos, sin valor alguno más allá del tesoro compartido, como faisanes y caviar con copas de cristal rebozantes de Chamapgne y dátiles carnosos en los pechos, y salvia, y rosas; compartiendo sin significado, mecánica sutileza para decirnos: estamos acá, juntos, pocos, desconocidos, ajenos, extraños, sucios, pobres, pero con ilusión.
Y estamos leyendo, y aprendiendo.

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