Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

03 diciembre, 2007

En campaña


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Eran las doce, comenzaba 2007, y entre el ruido de los petardos y la descorchada de champagne mi mente empezó a hacer un recuento de cada uno de mis amigos que tenía lejos. Luego de la innevitable melancolía de las festividades de fin de año, me imaginé viajando a Washington a abrazar a Fabián; despertándome en la costa de Rimini con olor a mar aturdido por el bocerío de los pescadores, junto a Michelle; hacer un té en Londrés con Jose Angel y Simon; y prometí a Federico, Alicia y Alejandro, que mi casa de Madrid estaría abierta en las próximas Navidades para todos ellos que iba a dejar en Argentina.
La vuelta a Madrid fue lo esperado, trabajo agotador, poco descanso, muchas broncas. La cotidianeidad que lleva al cuerpo a extenuarse y que tan poco hacemos caso.
Los días pasaban lentamente, la imaginación me superaba. En el otoño europeo fui y vine de Barcelona con el caos actua aún emergiendo. Me perdí en la Barceloneta buscando algo que me llevó a la derrota. Nada.
Una tarde calurosísima de verano en Madrid, de vuelta al trabajo, recibí una llamada de Fabi que me contaba que tal vez debería viajar a Bruselas a presentar un proyecto a una conocida marca textil. La fortuna de reencontrarme con un amigo al que no veo personalmente desde hace 10 años tomaba forma. El verano podría ser menos fastidioso sabiendo que quizá en Julio o Agosto se de el ansiado encuentro, ¿quizá para septiembre justo para mi cumpleaños?. Sería genial.
Pero cuando más ansia, más cuesta después la pinchadura del globo.
El proyecto se cancela, y con él el viaje a Bruselas de Fabián.
Me da un bajón tremendo, las vacaciones de verano ya no tienen ningun sentido, el trabajo vuelve a ser la misma carga inmunda de todos los días.
Me recluyo nuevamente en Barcelona, en el ático de la calle Caspe. Playa y libros. Me frustraba más de una vez, cada vez que volvíamos a hablar con Fabi.
Pensé las decenas de dificultades que acarreaban que fuera yo el que viajara a Washigton.
Pero las condiciones no eran las convenientes.
En octubre empezamos a sentir que tal vez la cosa no fuera tan sencilla, que el dinero no fuera suficiente, que el tiempo que dispondríamos no sería el necesario, que su trabajo sería a ciertos efectos un estorbo.
De pronto aparece en escena mi madre, que me propone venir a Madrid a pasar las fiestas de fin de año, cosa que trastoca por lealtad y cariño cualquier posibilidad de encuentro en Madrid con mis amigos de la WDC.
Y en esas estamos con la ilusión de necesitar vernos después de tantos años, la posibilidad del encuentro telefónico, la poca coincidencia en Argentina, y el sueño de que quizá en 2008, de algun forma pueda por fin darle ese abrazo que hace 10 nuestros diferentes destinos al mundo, pospuso.
El día del encuentro llegara, ya ha pasado todo 2007 preparando un viaje que no puso ser, todo el año ha estado surcado de esa ilusión.
Este año, así como empezó, así terminará: el recuerdo de dos amigos que siempre están en los momentos oportunos.





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