Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

06 noviembre, 2007

Rehabilitando lentamente


Miércoles de bisturís con escenas frías en un quirófano, dolor inmenso, incomodidad, miedo, después de todo no todos los días nos enfrentamos a una operación donde la anestesia suele ser eficaz y a veces mortal. Tanto nos llenan la cabeza de temores que al final en la cancha nos achicamos como niños ante una bronca. Casi sin proponermelo, a tientas, los efectos y los afectos convergen inevitablemente en todo un momento. Enfermeros y enfermeras, médicos, la que me hace la cama, quién viene a llevarme al servicio, un poco de agua, sueño, miedo, la tele que no se ve, esperar que llamen quienes espero que esperen que está bién. Resultado extraño, calmo de somníferos, dos brazos extraños que me abrazan y me contienen mientras me clavan, y ahí mismo el límite de la vida y la muerte, y de nuevo, a recomenzar.

Un poco de soledad, un gran vacío, muchas preguntas, y un centenar de injustas desapariciones, que no me tranquilizan nada. Que me duelen dentro.

Sin embargo, la vida sigue, y aunque los dolores y las vendas no serán tan fáciles de desaparecer, una ventana abierta al sol y el fresco de la mañana suele ser mejor que varios analgésicos. Y aún así duele tanto una llamada que no llega, un teléfono que no contesta.

Pero hay más bajo las palabras tristes. Hay esperanza, de tartas interminables, cuidados inmensos, sonrisas medio preocupadas que se atentan a mis necesidades, los que siempre están, los de siempre, los que amo tanto.

¿Porqué me cuesta tanto despegarme de las tiras de sangre oscura que prenden mis piernas? ¿Porqué la vida es tan dura?

De cualquier manera, por más que extrañe horrores ese abrazo del alma, hay otros tantos, muchos de más que estaban ahí antes, y que siguen estando intactos de sol y fresco matinal.

Ahora toca rehabilitar todo lentamente.

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