Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

28 octubre, 2007

Dios nos libre

Reproduzco el artículo Crimenes y pecado de Adrián Murano en la edición 485 de la revista Veintitrés, sobre la Iglesia argentina.


"Hay tests que ponen a prueba el sentido común. Este podría ser uno de ellos.
De las comparaciones que siguen, ¿qué opción le resulta reprochable?
1) ¿Divorciarse o asesinar a personas –muchas veces desarmadas e inocentes– utilizando poder de fuego estatal?
2) ¿Alentar políticas sanitarias que permitan prevenir embarazos no deseados o condenar a muerte a 2.000 mujeres al año por abortos clandestinos?
3) ¿Reconocer la elección homosexual o abusar sexualmente de menores de edad?
4) ¿Abjurar del voto de castidad para formar pareja estable o mantener a una amante realizando estafas con dinero vaticano?
5) ¿Denunciar los abusos de un Estado autoritario o bendecir los crímenes de una dictadura?

Antes de apurar la respuesta, quizá sirva saber qué opina al respecto la Iglesia Católica argentina:
Para la pregunta 1): la Iglesia les niega el sacramento de la comunión a los fieles que se hayan divorciado. En cambio pueden recibir el cuerpo de Cristo asesinos y torturadores, incluso aquellos que hayan sido condenados por crímenes aberrantes de lesa humanidad.
Para la pregunta 2): los obispos argentinos resisten desde púlpitos y documentos la sanción de una ley de salud reproductiva. Su antídoto para prevenir embarazos no deseados es el mismo que desde hace dos mil años: castidad o consagrarse al “ciclo biológico” de ovulación. El aborto, incluso los que son consecuencia de violaciones, es considerado un crimen y una grave ofensa a Dios. En el último año, curas y obispos presionaron para que los magistrados no autorizaran abortos terapéuticos previstos en la ley. Los retrasos en las decisiones judiciales pusieron en peligro media docena de vidas.
Para la pregunta 3): el pasado 15 de octubre el Vaticano suspendió a un cura español que reconoció mantener una relación homosexual. El pasado fin de semana, el diario Página 12 difundió que el ex arzobispo santafesino Edgardo Storni recibe una remuneración especial para religiosos jubilados de unos 7 mil pesos. Storni está procesado por presunto “abuso sexual agravado”. La Iglesia tramitó su beneficio jubilatorio.
Para la pregunta 4): a mediados de 2006, el cura riojano Delfor “Pocho” Brizuela anunció que debía renunciar a la Iglesia de Chañar porque se había enamorado de Nicéfora Maldonado. El religioso sugirió que tuvo que optar “entre sus dos amores” por consejo de las autoridades episcopales de la provincia. En 1981 un juzgado federal de Estados Unidos citó al obispo de Chicago John Patrick Cody para comprobar sus archivos financieros. La Justicia lo investigó por estafas con fondos provenientes de Roma que habrían sido girados a la cuenta de una amante. Reconocido por su habilidad financiera, Cody fue un hombre cercano al papa Pío XII. Murió en 1982, y, pese a estar en la mira judicial, fue velado con honores. La Iglesia renunció a seguir investigando el caso.
Para la pregunta 5): el obispo riojano Enrique Angelelli murió en 1976. Angelelli fue un crítico tenaz de los abusos del Estado represor, y solía irritar a sus pares marcando la inacción de la institución frente a los atropellos de la dictadura. La historia oficial, difundida y defendida desde entonces por la Iglesia, sostiene que Angelelli falleció en un accidente de tránsito, aunque investigaciones recientes indicarían que podría haberse tratado de un crimen perpetrado por paramilitares con la complicidad –por silencio, omisión o delación– de otras autoridades cristianas de la época. El pasado 11 de octubre, el Tribunal Oral de La Plata condenó al sacerdote Christian Von Wernich por haber participado de siete asesinatos, 41 secuestros y 31 casos de tortura durante la última dictadura militar. Así se convirtió en el primer miembro de la historia eclesiástica que fue condenado por crímenes de lesa humanidad. Al cierre de esta edición, una semana después del fallo, la Iglesia Católica aún mantiene a Von Wernich en su staff de pastores.
Se sabe: las comparaciones son odiosas. Pero también pueden ayudar a aguzar el sentido común. Y, en este caso, dan pistas para comprender por qué la Iglesia argentina, la institución más extendida e influyente del país, se convirtió en el paradigma de un modelo hipócrita.

Los números son contundentes. Según un trabajo del Consejo Episcopal Latinoamericano elaborado a mediados de este año, la Iglesia perdió casi un 20 por ciento de fieles en tres décadas. El dato, difundido durante la V Conferencia del Consejo, preocupó a los obispos presentes. Como especificó en ese encuentro el sociólogo Luis Pérez Guadalupe –uno de los encargados de elaborar el diagnóstico–, la merma “permite concluir que la Iglesia Católica está perdiendo el monopolio religioso en América latina”.
La situación regional tiene su correlato local. Según cifras elaboradas por el Episcopado argentino, el país ostenta unos 35 millones de bautizados, pero sólo dos millones de ellos asisten a misa con regularidad. La diferencia entre fieles “activos” y “pasivos” da una magnitud de la sangría. Pero no la explica. ¿Por qué la Iglesia, que influyó en el país desde su fundación, está perdiendo adeptos en las parroquias e interlocutores de peso con aspiraciones de llegar al poder?
En el gobierno que preside Néstor Kirchner gustan ufanarse de haber colaborado con la crisis de imagen que ostenta la Iglesia a partir de la guerra de nervios que el Presidente disputa con el jefe episcopal, el cardenal Jorge Bergoglio. La lectura, aunque exagerada, tiene sus puntos fuertes. Los combates frente a frente entre Kirchner y Bergoglio muchas veces obligaron a los fieles de uno y otro a tomar partido. Siempre de manera velada, Kirchner no se privó de criticar a Bergoglio durante la campaña electoral de 2005 que terminó de consolidar el poder K. Por su parte, Bergoglio apostó y ganó con la candidatura de Joaquín Piña en Misiones, y arrimó a la oposición para que compitieran juntos en la Capital. Aunque el segundo intento fracasó –la bendecida coalición Telerman-Carrió no llegó a disputar la segunda vuelta–, el jefe de la Iglesia se tomó revancha con el triunfo de Mauricio Macri, quien estuvo acompañado por uno de sus cuadros más preciados: la vice Gabriela Michetti.
Forjado como cuadro de Guardia de Hierro, Bergoglio se muestra cómodo chapoteando en el barro de la trastienda política. Pero suele patinar cuando tiene que saltar a la política de superficie. En esos casos, el cardenal suele caer en el peor de los pecados políticos: la defensa corporativa.
El último derrape fue el tibio comunicado que sucedió a la condena de Von Wernich. Con su firma y la de los monseñores Luis Villalba, Agustín Radrizzani y Sergio Fenoy, el Episcopado se mostró “conmovido” por el fallo pero redujo la responsabilidad del capellán de la Policía Bonaerense a una cuestión personal: “Reiteramos, una vez más, lo que expresamos los obispos argentinos: ‘Si algún miembro de la Iglesia, cualquiera fuera su condición, hubiera avalado con su recomendación o complicidad alguno de esos hechos (la represión violenta), habría actuado bajo su responsabilidad personal, errando o pecando gravemente contra Dios, la humanidad y su conciencia’”.
En apenas tres párrafos, el jefe de la Iglesia desperdició la oportunidad histórica de reconocer la complicidad de la institución con la dictadura y reconciliar a los nuevos pastores con la sociedad argentina que aún clama justicia por aquellos crímenes. En lugar de eso, Bergoglio manipuló un comunicado light y aún no propició ninguna condena canónica contra el cura: Von Wernich, preso y condenado, aún puede dar misa.
Algo similar ocurrió hace dos años con otro capellán ligado a los nostálgicos de la represión. En los albores K, Antonio Baseotto sugirió que el ministro de Salud Ginés González García calificaba para ser atado a una piedra y arrojado al mar. La frase de Baseotto pretendió ser una respuesta a la política oficial de educación sexual responsable y al reparto gratuito de métodos anticonceptivos. Luego de un enérgico repudio del Gobierno, el Vaticano corrió a Baseotto de la vicaría castrense, pero el episcopado local, con la venia de Bergoglio, le permite seguir oficiando misa en distintas parroquias de Belgrano y Villa Devoto. En ese caso, como ocurre ahora con Von Wernich, el jefe episcopal dilapidó la posibilidad de promover una sanción ejemplar. Salvo, claro, que Bergoglio considere que haber bendecido crímenes de lesa humanidad o sugerir un “vuelo de la muerte” para un ministro no sea motivo suficiente de excomunión.

Las oscilaciones de Bergoglio entre la política de los mortales y la protección de los intereses divinos suelen despertar suspicacias a dos puntas. El comunicado del caso Von Wernich, por caso, recibió críticas por ambos flancos. “En la década del ’70 no hubo una división del pueblo argentino. Por el contrario, el pueblo nunca estuvo más unido frente al ataque subversivo, y de ahí su fracaso”, se exasperó Juan Olmedo, un ex asesor legal del Arzobispado de Buenos Aires y defensor militante de la dictadura. En su misma línea, el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, sermoneó: “A veces el que tiene poder se olvida de que es una criatura y se cree un pequeño Dios”. Aguer y Olmedo representaron durante el fin de semana a la avanzada de religiosos y laicos de ultraderecha que ven en Bergoglio a un tibio “liberal” reformista más interesado en la política de palacio que en la recuperación de los valores cristianos. En la otra punta se escucharon las voces críticas de los párrocos Eduardo de la Serna y Rubén Capitanio, quienes reclamaron una sanción al sacerdote condenado y un gesto enérgico del clero. Enrolados en distintas corrientes progresistas ligadas a la pastoral social, De la Serna y Capitanio dialogan con el obispo Jorge Casaretto, uno de las pocas autoridades episcopales con puertas franqueadas en la Casa Rosada.
En medio de esos dos frentes, Bergoglio juega al equilibrio. Con ese estilo, en 2005 estuvo a punto de sentarse en el lugar que hoy ocupa Benedicto XVI. Fue su momento de gloria. Pero no pudo ser. Un e-mail se esparció por la casilla de correo de los 114 cardenales que debían elegir al sucesor de Juan Pablo II. El correo electrónico contenía un artículo publicado por Horacio Verbitsky en la edición del diez de abril. En esa nota, el periodista acusaba al candidato argentino de haber pertenecido a Guardia de Hierro, de haber cultivado buenos contactos con el almirante Emilio Massera y otros jefes de la dictadura militar. Lo que ocurrió después ya se conoce: los cardenales eligieron a Joseph Ratzinger y Bergoglio se quedó en la puerta del papado. Quienes lo frecuentan dicen que en esos días el cardenal se convenció de que el gobierno argentino le había birlado la oportunidad de su vida a través de una cadena de e-mails. Y que entonces decidió contraatacar.
De ser real, la historia asusta: todos saben que la ira y la venganza son dos de las peores tentaciones del innombrable."

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