Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

14 septiembre, 2007

Brillante, de labios y carne

Con sudor entrelazados, hablando de eso que tanto queremos, besando ya sin saber si sentimos o fundimos nuestros cuerpos o vendemos nuestras almas por más, muchísimo más, olvidando los tiempos, los ruidos, las noches, los días, obligándonos a ser correctos de humanos nada más. Calentamos las bocas nuevamente con groseras acciones que nos gustan tanto que nos apeamos de los mares de soledad para hundirnos sin ningun tipo de disimulo en eso que a veces algunos llamamos amor. Nos volvemos locos, enloquecemos con las farolas que iluminan la vieja calle donde corremos de la mano, gritando, ahullando quizá, no de dolor, sino de felicidad, pura, dura.
Simplemente las dificultades se hacen a un lado, las barreras se abren, las murallas desaparecen por vientos sosegados, desparramándose de lleno en las putas monjas que husmeaban bajo los pantalones de aquel niño, pero no, no son monjas quienes chupan, sino curas señoronas que corrompen sin importar porqué, de todos modos ellos no creen en el juicio final, sólo lo recitan.
Hasta que aparecemos vendados de rosas, los brazos arriba, agitamos las manos, llevamos como armas nuestros rojos corazones que incitan, y pelean, plantan batalla a los fantasmas nucleares, los de las matanzas, las guerras, las dictaduras. Nos enfrentamos sin dar tregua y al final con dientes, manos, brazos, piernas, rojos corazones, vencemos, y vencemos, y vencemos.
Porque vinimos cantando libre por las calles, emanados de amor, llenos de gozo y gusto, blandiendo sencillamente la brillantez de nuestros cuerpos, de labios y carnes adheridos a otros labios y otros cuerpos adheridos también, y miramos los esqueletos del infierno, y cada vez más brillantes de verdad, pisando las mentiras que otros cultivan. Y hacemos el amor.





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