Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

10 agosto, 2007

Nuevos horizontes


Alguna vez cuando algún día ocurre las cosas se van torciendo, como varas de bambú al aire que dejando pendular su figura se dejan violar gozosas. Las cosas se tuercen y cambian, y está en uno que esos cambios no lleguen a tanto como para quebrarnos, y que sean catapultas que nos acerquen al momento exacto entre la meditación y las decisiones, esas que cambian los rumbos, marcan nuevos destinos, y llenan los depósitos como tantas veces y más.
Todo cambio es un propósito, y aún los cambios estructurales, esos que asustan, que desamparan, lo son.
Mucho tiempo atras, pensaba que nada pasaba, que todo lo que se me ponían en mi camino era posible con sólo embestirlo.
En este momento tan sabio de mi vida, casi con 42 años, con meses de agotamiento laboral, con un stress personal que hasta los médicos no saben ni como aguanto, con la compañía perfecta y exacta de quienes saben que necesito de ellos, en este momento exacto he decidido cambiar.
Como esos náufragos que buscan la inmensidad de la nada, con una balsa llena de sueños y ganas, con la certeza de que la incertidumbre es lo que dejan, más allá de la presunta seguridad que da el prestigio, las voces alentadoras, las cuentas rebosantes, los flashes anónimos y los no tanto.
Debo aquí parar, quiero parar la rueda interminablemente agreste de la popularidad y el éxito, quiero paz, y tranquilidad, menos ruido, menos gente.
Hay un cierto miedo que me deja sin sueño en las noches, que me obliga a controlar que debo seguir haciéndolo correctamente, que me permite escuchar y cotejar, aunque las decisiones ya están tomadas de ante mano.
Padezco de la sensiblería del que llora por ahí, por tonterías, por tanto aguantar y sostener, y sostener y sostener, que ya no llega el cuero a estirarse como debería, y se cuartea, y ya.
Sin embargo, los que somos sobrevivientes, allende los mares hemos aprendido que todo puede ser mejor que el derrumbe que a veces nos presenta la vida. Hay amigos de lejos que pasan por Madrid y los años sin vernos se esfuman y somos como el otro día, idénticos de risas, miradas cómplices, y hay quienes están amamantándonos los sueños, con buena leche, consejos, claridad, y hay quienes nos ponderan la confianza, nos prometen lo que siempre, nos apoyan, están.
Las voces que otrora rebotaban para satisfacer sus propios deseos, almibarando las frases para mentir, seguirán ahí, intentando que la mina siga dando carbón, aunque los derrumbes ya impidan el paso, y los rescates sean menos exitosos. Tal vez, sea la única manera que tengan de mirar para otro lado, y cuidar su huerta. Son humanos, en definitiva. Ni más ni menos que los demás.
Y ahí estoy yo de pie, con miles de lecciones aprendidas, entrenado, dispuesto, esperando las vacaciones que tan bien me van a sentar, y con la claridad de que la barca ya ha zarpado, y tiene otro destino.
Bon voyage, mon ami.

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