Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

24 julio, 2007

Rojo, de tomate


Abrimos las ventanas de nuestros hogares para ventilar los cuartos llenos de humos densos de densos atardeceres sin saber porqué nuestras mentes se atormentan por la letanía del inevitable momento de la decisión; caminamos volviéndonos amargos de soledad memorizando una frase habitual que nos conduzca exactamente a donde queremos llegar, aunque no tengamos ni remota idea de cuál es ese destino; incendiámos de polvo nuestros rostros con coloretes falsos de la tienda más cutre de la calle de al lado, agazajando al tendero con nuestra mejor sonrisa, falsa, pobre, inverosímil, como si un gracias ayude a marcar el ritmo de nuestro pasos; merodeamos por los balcones ajenos, ajenos a nuestro propio cuerpo, propios de pruritos, inmensamente impunes de sombras y sombras de sombras; intentamos ser tan uno mismo que dejamos de serlo para convertirnos en otros, extraños pasajeros de un tren de ida y vuelta de y hacia la nada con silencios repartidos ordenadamente por los más diversos oficios que completan las copas que vaciaremos hoy, ahora mismo.
¿Hubo una vez que fuimos felices, y de pronto se acabo?.
Ya nos molesta la sóla presencia del niño que, beodo, porfía con acercarse a preguntar, pero que fastidia, no sabes cuánto, hasta la saciedad de sentirme totalmente fuera de juego, hoy, ahora mismo.
Corro hacia la nada, creyendome solo.
Uno que nada ve, ni tiene, ni merece, ni puede, cuando la realidad de los cientos de aplausos que la multitud seductora agazapada en la noche me proporciona provoca una interna fantasía gozosa, eyaculatoria alegría, brillan los zapatos negros de charol en la pista de baile de luces blancas, doradas, cargadas de dry martinis, champagnes, y demás.
Buscamos el qué, dondé?.
Casi, sin darnos cuenta, ahí nomás, muy cerca, está esperando lo que tanto vemos allá lejos y hace tiempo.
Tenemos miedo de romper, de crecer, de gozar, de triunfar, de vivir.
Nos habituamos a la mierda de las telenovelas que nos comen el coco, con sus vagas historias de hijos de hermanos de hijos bobos, de abuela nietas de madre.
Sin embargo, cuando todo parece acabarse, y cuando las sombras de las sombras de las sombras, parecería que ocultaran todo, estalla una farola dentro nuestro y una tremenda carga de energía nos rebota contra el suelo, nos apea de la cama, nos mete de nuevo en la tubería vital, y erguidos como obelisco, marchamos al son, un dos, tres, hoy, ahora mismo.
Como el equilibrio perfecto del aroma de limón, en una copa helada, o la delicada necesidad de la exacta fuerza del mordisco leve en un rojo tomate entre nuestros dientes.
Si no comprenden mis palabras, no me comprenden a mi.
Si no comprenden mis silencios, tampoco me comprenden a mi.

No hay comentarios: