Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

05 abril, 2007

Buenaventura de un estado de ánimo normalito, nomás.

¿Cuándo bajarán del monte, sangrando, helados de sudor, mojados, enfermos?. ¿Cuándo podrán rehacerse en cariños controlados, en sábanas claras manchados de sémenes oscuros, pegagojos, andróginos quizás?. ¿Cuándo podremos no necesitar los abrazos, las bocas, los sexos ajenos como palotes en el cuadernillo de primero, que a rayas o bastones nos forzaron a publicar en esos días, atraces, atroces, lejos?. ¿Cuándo te escupiré sin llorar, en el día que el sol dejé de calentarte, y te bañe de mierda las mechas largas, alargadas hasta tus piernas, allá, donde mi boca se prende, cuidando no morder?.
"Cuán mejor sería la vida sin amor, cuán más calma, cuán más sensata...pero cuánto más insulsa" Umberto Ecco (El nombre de la Rosa).
Y unas pocas palabras que necesito escuchar decirte me siguen golpeando en la cabeza, como golpean en mis sueños tu cara, tus brazos, tus besos, tu voz.
Imagino tal vez que alguna vez dijiste algo que pudiera ser más preciso que una cuchillada, pero no, es tal ves el sueño que me dura de la noche imprecisa que me despierta sudando por reencontrarme innecesariamente junto a ti, sin palabras, y con tantas que no se que decirte, donde mi orgullo, mi ética y mi claridad se van a la mierda ante tu risa, ante tu poder omnipotente de superioridad asqueante, maloliente, pedorra.
¿Quién coño te ha puesto en ese atuad tan feo, de maderas enmohecidas, claras, transparentes mejor, que dejan ver como los gusanos te comen el coco?. Empiezan por ahí.
Entonces, y sólo entonces, me encuentro riendo, de nervios, ante tu nueva imágen de bailarín, caótico, de coreografía sanguinal, humorosa, cadavérica, extraña.
Me arremango los pantalones para que mis rodillas se arañen con el suelo arcilloso y me dejo caer a los suelos meados, fétidos, soportando los daños colaterales de la vulnerabilidad absurda que más que dañar enseñan que lo que no va, no irá, aunque hayas puesto todos tus ahorros y tus fichas al número que no saldrá porque excede el 36, y ni es rojo, ni negro, ni sano, ni cercano, que no es, ni será.
¿Te odio?, no me hagas reír. Ya te gustaría.
Ya te veo, inmisericordioso, inmóvil, inútil, fútil, sensible a la nada, solo, mal.
Los nobles sentimientos que no te quedan, enfriaron, congelaron precisamente y partieron, de nuevo, hacia los puertos donde los extraje y prestados envíe más allá, sin pedir permiso, robando con el olvido los intentos de saciar en nuevas aguas, la sed que me carcome de años, siempre.
Los de antes, siempre, estaban esperando los mismos deseos que robamos antes. Y fueron tales los goces que las corridas llegaron espaciales, perforando redes, y vías lacteas mentales, virus desconocidos que sólo moran donde moran los verdaderos amores, y entonces es cuando una revelación se produce mezclado entre Minas, Herreros, mirando teles en Chelsea, con Robertos serios, gladiador enorme, feroz, sobreviviente leal, y una imagen antigua, nocturna, bailarina que me deja estaqueado, pensando que el fondo no todo está tan mal, y es lo que hay.
Y que por cierto, tanto, tanto tengo, que si pudiera intentaría no regalarte ni siquiera un minuto de paz.
Una canción de amor, puede curar todas las heridas, y un amigo allá lejos, y desde hace tiempo, es una bendición, aunque haga llorar, a solas cuando apago la cámara, para que él no me vea, y siga pensando que no necesitamos más que amor.
Si supiera...
Sabe.

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