Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

20 marzo, 2007

Puntos negros

Un punto negro, dos, tres, ¿cuántos?. Tantos! Vamos a decifrar quizá la metáfora del mal que expresa tus palabras mudas, aúlladas en silencios larguísimos que enfrían las noches que te comes los mocos de llorar.
Me dijiste que me dejabas las malestas apartadas de la ventana para que no se mojaran con la neblina que traía la marea del mar que amarreaba las barcazas inútiles de los pescadores que llevaron el pez.
Me contaste hasta tres antes de decifrarme en mánades manadas de elefantes, brutalmente exterminados por ambos costados por feroces cazadores, ingratos, torpes, fórnidos, forajidos.
Te robe de nuevo la cabeza que aunque no me pienses me llegas, te extrapolo de gracioso, y me enredo los pelos con tenazas que me gustaría compartir contigo. Que sangran, sí, pero que agozan debilmente las pasiones que desatas aún, más aún con tus putos silenciosos, mejor pensados, elegidos, añadidos al misterio de tu bronca por la fascinación que te tuve y retengo el deseo de dos, o tres tardes blancas de sexo.
Cotidiana búsqueda.
Cruel.
Llamas encienden mis piernas asoradas de calor primaveral.
Mi mente se desprende y vuelve a ser gris, oscura, lejana, bronca, mal.
Duermo apastillado con mezclas de celofanes para tus dibujos, atontado de dolor y ardor, sabor, amor, colores de nácares, pasta, postes de neón que cegan mis ojos, descuidan por un momento la lejanía para invadirme de claridad, momentánea sin más.
Rebusco las cajas de mis armarios buscando la pátina de make up que untamos esa vez de tarde en la esquina de Callao, a las paredes acaladas que llevaron años ensuciando los mismos que ensucian ahora la dignidad, con fechoría y cobardía y que quizá haya que llamar señor en algún lugar.
Les rompería la cara de sólo placer de verlos llorar.
Esos que antes mataron, juzgaron, dictaron, matando, juzgando, dictando sus normas que transgredieron de cobardes hijos de puta, se cagan ahora en los pañales de mayores que llevarán por siempre jamás, y que vienen cagando desde hace años.
Los acólitos de siempre no comprenden nada.
Pobres, míseros espías de sus hermanas, cuando púberes se quitan los vellos púbicos, angélicos, tiritando en palanganas de zinc, grises, en cocinas calentadas a hornallas, envueltas en sábanas blancas, manchadas de carmín.
Cuando venga la marea, esa que aniebla las noches de los mocos que colgaban allá, con fríos de soledad, quizá ahí, tu verga salpique con fuerza de titán y te acabes tu mismo como empezaste.
Llevo años sintiéndome sólo, feliz, triste, vivo, amando, llorando en los desvelos, alcoholizando las sábanas extrañas, comunes, pútreas, a secas.
Me gusta que te guste mi gusto feroz, sigo sintiendo cercano al hermano que está pensando en este instante lo mismo que yo, reventándose la cabeza de tanto extásis sensorial ante la gota inerte, translúcida que baja, linealmente, fuerte, agria, por las ventanas de Manhathan, Madrid, o París, chorréandonos a dúo.

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