Gustavo Pecoraro Brondino|Crea tu insignia

02 marzo, 2007

Humano demasiado humano


Quien ha alcanzado la libertad de la razón, aunque sólo sea en cierta medida, no puede menos que sentirse en la tierra como un caminante, pero un caminante que no se dirige hacia un punto de destino pues no lo hay.

Mirará, sin embargo, con ojos bien abiertos todo lo que pase realmente en el mundo; asimismo, no deberá atar a nada en particular el corazón con demasiada fuerza: es preciso que tenga también algo del vagabundo al que agrada cambiar de paisaje.

Sin duda ese hombre pasará malas noches, en las que, cansado como estará, hallará cerrada la puerta de la ciudad que había de darle cobijo; tal vez incluso como en oriente, el desierto llegue hasta esa puerta, los animales de presa dejen oír sus aullidos tan pronto lejos como cerca, se levante un fuerte viento, y unos ladrones le roben sus acémilas.

Quizá entonces la terrible noche será para él otro desierto cayendo en el desierto y su corazón se sentirá cansado de viajar.
Y cuando se eleve el sol de la mañana, ardiente como un airado dios, y se abra la ciudad, puede que vea en los ojos de sus habitantes más desierto, más suciedad, mas bellaquería y más inseguridad aún que ante su puerta, por lo que el día será para él casi peor que la noche.

Es posible que a veces sea así la suerte de este caminante.

Pero pronto llegan, en compensación, las deliciosas mañanas de otras comarcas y de otras jornadas, en las que desde los primeros resplandores del alba, ve pasar entre la niebla de la montaña a los coros de las musas que le rozan al danzar; más tarde sereno, en el equilibrio del alma de la mañana antes del mediodía y mientras se pasee bajo los árboles, verá caer a sus pies desde sus copas y desde los verdes escondrijos de sus ramas una lluvia de cosas buenas y claras, como regalo de todos los espíritus libres que frecuentan el monte, el bosque y la soledad, y que son como él, con su forma de ser unas veces gozosa y otra meditabunda, caminantes y filósofos. Nacidos de los misterios de la mañana temprana, piensan qué es lo que puede dar al día, entre la décima y la duodécima campanadas del reloj, una faz tan pura, tan llena de luz y de claridad serena y transfiguradora: buscan la filosofía de la mañana.



Friedrich Nietzsche

4 comentarios:

Abel Asvir dijo...

Qué majo el Friedrich, pero Gus, asi no nos vas a llevar a ninguno a la cama... para cuando la otra mejilla?

Gus dijo...

Pufff, Abel, pero que equivocado estás....no sabes la cantidad que llevo a mi cama!!!...pero la poca presencia que hay de ellos en mi corazón....
Lo de la otra mejilla se lo dejo a los católicos, los curas, y los del pp, que andan sangrando por la herida por no saber perder.

Abel Asvir dijo...

Puff, Gus, no hablaba de carne... nunca he puesto en duda tu exito!!!... solo bromeaba acerca del corazón, pero no lo has pillado.
y nunca te pediria que pusieras la otra mejilla, o el culo,o la espalda,o excusas, o que se yo... simplemente pedia la otra mitad de una foto que me parecio muy hermosa.
Tendre que tener cuidado con el "fuego amigo".

Gus dijo...

¿El corazón o la cama?, en fin, que no, que no le había pillado :(

Hombre, hay veces que se puede pedir que otro ponga algo, por ejemplo cojones, aunque es tan difícil encontrar alguién que los ponga por ti.

La foto entera te la mando cuando quieras...me salió en prosa je je je

No tomes cuidado con el fuego, siempre es amigo, aunque queme momentaneamente.

Por cierto, ¿y Pam-plinas?